jueves 2 de febrero de 2012

El libro

    Alguna vez hace muchos años le regalé a una sobrina que hace los mismos años que no veo y de nombre Iso,  cuando yo era inquilina de otro cuerpo que fue a la última guerra con el pavimento y una muralla de ladrillos con quienes libré la fatal batalla, le regalé Cumbres Borrascosas, quién sabe, no recuerdo bien, la razón de ese regalo a mi sobrina que hace muchos años ya no veo, acaso haya sido porque para entonces pertenecía yo a esa parte de la Humanidad marcada por el sufrimiento y por la tragedia de amplio y exclusivo   inventario que yo me leí ese libro y me conmoví con ella el motivo del obsequio.
     Ahora descansa sobre mi mesa de noche, arremolinado con García Márquez y Oscar Guaramato, y con el Contrabandista de Pájaros y La Familia de Pascual Duarte, como adornos frente al también espejo que los contiene y contiene mis blancas cuatro paredes, y  aquellos pasos tuyos que murmuran en el suelo, y mis oídos que los escuchan desde el espejo, y el violento golpe de una puerta que dejó de existir. Con la mesa y con el libro y los vasos y las tijeras y los lentes oscuros y las tinieblas en las flores tan poco probables en un lugar sin aire, esta noche de viernes convivo con esa mesa, pero el libro se ha abierto en la página  de la mujer postrada en el lecho reclamando un tiempo, y la brisa habitual amenaza con derribar la cortina colocada absurdamente entre la sombra de la mesa y el espejo. Y  tengo las manos frías o tal vez no sea la brisa la que hela mis dedos sino esa sensación de que ese libro tiene algo que decirme, algún secreto que develarme porque ningún libro debe abrirse en ninguna página si no hay manos ni brisa ni ventana ni puerta, un libro es algo si se quiere insensible hasta que no lo ven unos ojos, es un algo indescubierto cuyo código no descifra una supuesta brisa que es lo único  que se mueve en este níveo rectángulo. O eso creo yo.
      Decido esperar a que amanezca, a que el sol entre por esa supuesta ventana, entonces vigilaré el libro y si se abre en esa página, si se vuelve a abrir, entonces en él vaciaré mis ojos, pero si llega la noche y yo sentada allí sigo en vigilia, entraré a ese espejo, abriré esa puerta que también debe estar despierta, buscaré el jardín de la casa, abriré un hueco y enterraré ese libro o enterraré la brisa y veo Casa Blanca como habitualmente hago cada vez que un libro se abre en una página trágica, escrita en un tiempo trágico, y la que  nunca leo porque a mi memoria trae ese tiempo signado por la tragedia.
     A aquel señor que vivió conmigo le gustaba Ingrid Bergman y su mirada lánguida como las ramas de un sauce y el sombrero de Bogart y los cuarenta y cinco segundos que duraba en el aire su vuelo,  y eso me produce el sentimiento de estar asida a la vida, eso en mi pecho es como  encontrarse  un vaso de agua cuando la sed asfixia…
     Pero nunca  he podido pasar del minuto diez de Casa Blanca. Yo estoy entre el medio y las dos orillas de una noche todavía.

sábado 28 de enero de 2012

He querido

He querido envejecer como los poetas.
Cercada de libros,
sentada a  en un sofá de signos ocultos, sitiados mis oídos por el ruido del mar...
He querido envejecer compañera de antiguas letras
Y mis gafas buscando a mis ojos desde algún libro
Y yo buscando mis  gafas en aquellas miradas evaporadas a lo lejos.
Pero ayer la palabra se fue de viaje, la palabra, su sombra y su badajo se han ido, alegando incompatibilidad de caracteres.
Así pues, en lugar de poeta envejeceré como  caracol.
En ese denso y silencioso ergástulo habrá suficiente espacio para el eco de mí.