Ahora descansa sobre mi mesa de noche, arremolinado con García Márquez y Oscar Guaramato, y con el Contrabandista de Pájaros y La Familia de Pascual Duarte, como adornos frente al también espejo que los contiene y contiene mis blancas cuatro paredes, y aquellos pasos tuyos que murmuran en el suelo, y mis oídos que los escuchan desde el espejo, y el violento golpe de una puerta que dejó de existir. Con la mesa y con el libro y los vasos y las tijeras y los lentes oscuros y las tinieblas en las flores tan poco probables en un lugar sin aire, esta noche de viernes convivo con esa mesa, pero el libro se ha abierto en la página de la mujer postrada en el lecho reclamando un tiempo, y la brisa habitual amenaza con derribar la cortina colocada absurdamente entre la sombra de la mesa y el espejo. Y tengo las manos frías o tal vez no sea la brisa la que hela mis dedos sino esa sensación de que ese libro tiene algo que decirme, algún secreto que develarme porque ningún libro debe abrirse en ninguna página si no hay manos ni brisa ni ventana ni puerta, un libro es algo si se quiere insensible hasta que no lo ven unos ojos, es un algo indescubierto cuyo código no descifra una supuesta brisa que es lo único que se mueve en este níveo rectángulo. O eso creo yo.
Decido esperar a que amanezca, a que el sol entre por esa supuesta ventana, entonces vigilaré el libro y si se abre en esa página, si se vuelve a abrir, entonces en él vaciaré mis ojos, pero si llega la noche y yo sentada allí sigo en vigilia, entraré a ese espejo, abriré esa puerta que también debe estar despierta, buscaré el jardín de la casa, abriré un hueco y enterraré ese libro o enterraré la brisa y veo Casa Blanca como habitualmente hago cada vez que un libro se abre en una página trágica, escrita en un tiempo trágico, y la que nunca leo porque a mi memoria trae ese tiempo signado por la tragedia.
A aquel señor que vivió conmigo le gustaba Ingrid Bergman y su mirada lánguida como las ramas de un sauce y el sombrero de Bogart y los cuarenta y cinco segundos que duraba en el aire su vuelo, y eso me produce el sentimiento de estar asida a la vida, eso en mi pecho es como encontrarse un vaso de agua cuando la sed asfixia…
Pero nunca he podido pasar del minuto diez de Casa Blanca. Yo estoy entre el medio y las dos orillas de una noche todavía.